La mosca Ancha

Había una vez una mosca que se llamaba Ancha. Vivía desde que podía recordar en una habitación inmensa, de día se movía por toda la habitación y de noche daba vueltas sonámbula si había una luz encendida. A Ancha le encantaban los colores de la habitación a lo largo del día y los olores diversos que entraban en ella. Nunca se había preguntado nada sobre el mundo que existía fuera de la habitación hasta que una mañana que iba especialmente despistada chocó contra la ventana y a través del cristal vio el más bonito amanecer de su vida. Desde aquel momento se moría de ganas de salir al mundo exterior y explorarlo sin cesar, dormir al aire libre y conocer nueva gente. Sus amigos le decían que estaba loca, que fuera había arañas y mal tiempo mientras que en la habitación había seguridad y calorcito.

Pero Ancha estaba fascinada por los colores del amanecer, lo planeó todo bien y un día en cuanto abrieron la ventana para ventilar la habitación salió volando al mundo exterior. Al principio fue tod muy raro, había corrientes de aire por todas partes y el ambiente olía raro, como a humo pero sin haber un incendio. Ancha consiguió a duras penas estabilizarse cuando un pájaro salido de la nada se abalanzó sobre ella. Logró escapar y se refugió en un hueco de la pared. ¡Qué miedo había pasado! Se quedó allí un buen rato, paralizada por el pánico y por el vértigo que sentía allí afuera, tan vulnerable. Llegó a pensar que sus amigos tenían razón y que había hecho el tonto saliendo de la habitación. Le dieron ganas de llorar en más de una ocasión, pero entonces miró al cielo, directamente, sin cristal de por medio y era todavía más bonito que cuando lo había visto desde la habitación, miró al suelo y vio toda suerte de flores y plantas que se le antojaron preciosas y únicas.

mosca

Se asomó al borde del hueco, al abismo, se aseguró que no hubiese pájaros cerca y se lanzó al vacío con un nudo en el estómago y una mirada inundada de amanecer. Desde entonces se pasó los días recorriendo el mundo, con cautela de no caer en ninguna tela de araña o ser presa de ningún pájaro, aprendió a planear en las corrientes de aire que la dejaron aquel primer día sin respiración y sin estabilidad, de noche se buscaba un hueco y dormía plácidamente. Descubrió que el mundo estaba lleno de comida más o menos sabrosa pero nutritiva. Conoció nueva gente y nuevos lugares, hizo amigos y se enamoró de paisajes imposibles.

Un día le dio una nostalgia terrible de su habitación, aquella habitación inmensa en la que planeaba ignorante pero segura, echó de menos a sus amigos sensatos que la querían bien, y decidió orientarse y volver allí. Le costó un poco porque las moscas no tienen muy buena memoria, pero finalmente la mosca Ancha regresó a la habitación. Entró por una rendija de la ventana llena de ilusión para encontrar que su habitación era mucho más pequeña de lo que recordaba y sus amigos mucho más viejos. Pero a todo le rodeaba un dulce resplandor de cotidianeidad, de familia, de cariño que lo hacía entrañable. Ancha estaba cansada, también estaba cansada y aunque no lo viese estaba tan vieja como sus amigos… Decidió quedarse allí, echando de menos otros lugares y otros paisajes, otros amigos y otros momentos. Sus amigos la recibieron bien y les encantaba escucharle contar sus historias. Allí se quedó en la habitación donde había vivido su infancia, pero no fue capaz de quedarse a dormir dentro, todas las noches de deslizaba por la rendija de la ventana y se ponía a dormir en el agujero que le diera cobijo el primer día que había dejado la habitación.

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