Andrés, el ciempies que nunca estaba contento

Andrés era un ciempiés, pocas veces se tropezaba y no era nada torpe, a pesar de que, francamente con tanta pata se me antoja fácil cualquiera de las dos cosas. Pero no, a Andrés no le suponía mayor problema caminar con cien pies que a nosotros con dos. Sin embargo, nuestro amigo tenía otro tipo de problemas en su vida, nunca estaba contento, era un ciempiés descontento.

ciempies

Vivía entre las raices de un almendro que era extremadamente acogedor. Uno de esos árboles viejos que le dán carisma a los bosques y acogen a mucha fauna en su benéfica influencia. Un arbol sabio y tranquilo que gozaba de la luz del sol y de la compañía de miles de criaturas y del viento, que cuenta las mejores historias y sabe los mayores misterios. Y Andrés vivía entre sus raices, en un agujero que se había ido construyendo con mucha ilusión a lo largo de varios días. Cuando acabó le parecía bastante bien, quizá habría que cambiar la decoración pero … claro que al cabo de los días se dió cuenta de que las ramas y hojas del árbol dejaban entrar mucha luz directamente a su agujero, y aunque era un agujero húmedo y acogedor y fácilmente podía dar la espalda al sol o cambiar la puerta de sitio, tanta luz empezó a amargarle la vida a nuestro pequeño amigo.

Un buen día, no especialmente caluroso ni soleado, Andrés se cansó de toda esa luz que entraba en su casa y decidió mudarse debajo de una piedra cercana, aún en la benévola sombra del almendro. Así que abandonó su casa y se puso a trabajar en la siguiente. Cuando acabó se dió cuenta de que no entraba casi nada de luz y eso le gustó mucho. Empezó a decorar la casa lo mejor que sabía y por las tardes se sentaba a disfrutar de su hogar. Pero poco a poco se fue dando cuenta de que se golpeaba muy amenudo la cabeza con la piedra que cubría su casa. Como tenía picos se hacía daño y era muy molesto. Al principio no le dió importancia pero poco a poco se le fue haciendo insoportable.

Así que decidió mudarse y construir su nueva casa debajo de un tronco de árbol caído. Nuevamente le puso mucho empeño y construyó un agujero acojedor, a la sombra del almendro sabio, con mucha oscuridad para disfrutarla y techo amplios… estaba encantado. Comenzó a decorarla y cuando hubo acabado se sintió satisfecho. Sin embargo… olía demasiado a podrido y además el árbol caído pronto acabaría deshaciéndose. Esto le empezó a impedir conciliar el sueño porque le fastidiaba mucho haber puesto tanto esfuerzo en algo efímero… así que volvió a mudarse…

Andrés siguió mudándose de una casa a otra, y cada vez que lo hacía, totalmente descontento, miraba hacia adelante sin preocuparse en echar la vista atrás. Si lo hubiese hecho se habría dado cuenta que una pequeña familia de lombrices se había instalado felizmente a vivir entre las raíces del almendro en la casa que él había abandonado, debajo de la piedra vivía cómodamente ahora un escorpión solitario y pacífico que disfrutaba rascándose la espalda contra la piedra y debajo del tronco se había mudado a vivir una cucaracha intelectual que mientras trabajaba en su próxima obra tenía la comida que necesitaba cubierta por el tronco podrido…

Igual es que el mundo necesita algún que otro inconformista para mejorar… lástima que Andrés esté demasiado ocupado descontento como para mirar atrás. Creo que ahora está haciendo una casa debajo del seto que hay a la puerta del colegio pero seguro, seguro, que le molesta que le den balonazos.

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